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En Bogotá y nuestra querida Colombia el voto ni se compra ni se vende

Fuente: Alexander Cruz

Muchas de las acciones que se desarrollan en nuestra sociedad nos parecen normales, pensamos que por formar parte de nuestros hábitos o costumbres, cuentan con una validación que les brinda legitimidad, sin embargo, debemos recordar que: la compra de objetos robados, la compra de productos de contrabando, la corrupción, conducir vehículos en estado de embriaguez, el plagio o copia en los centros de formación académica, dar dinero a drogadictos y delincuentes, sentarse o acostarse en el fuelle de TransMilenio, entre otras, son acciones que forman parte de nuestra cotidianidad y nos hacen daño  a todos como sociedad. Tenemos pendiente darle respuesta a estos problemas, y especialmente a una acción que aunque solo se presenta en época electoral, nos afecta durante mucho más tiempo: la compra y venta de votos.

Aunque hoy nos parezca normal tener derecho al voto, debemos recordar que este es un logro histórico cuya importancia radica en que “la extensión del sufragio termina con los privilegios e incrementa la participación activa de los ciudadanos en los asuntos públicos” 1 ,  muchas personas a lo largo de la historia fueron excluidas de este importante derecho político por su condición económica, de género, etc., y cientos de miles de compatriotas han regado con su sangre el árbol de la democracia que hoy vivimos.

Nuestro voto debe ser el resultado de un proceso de evaluación de las propuestas y hojas de vida de los candidatos, con nuestro apoyo podemos hacer que la función pública esté en manos de personas  idóneas; personas que sean capaces de “1) defender los intereses de los ciudadanos de forma que cuanto hagan lo ordenen a ellos, olvidándose del propio provecho; y, 2) velar sobre todo el cuerpo de la República, no sea que, atendiendo a la protección de una parte, abandonen a las otras” 2 . 

Con un voto bien informado podemos evitar la corrupción y la captura del Estado por parte de quienes ya han demostrado no merecer estas dignidades y de quienes quieren anteponer una agenda llena de intereses privados legales e ilegales sobre el bien público.  También podemos acabar con los llamados caciques políticos y con los delfines que ahogan la democracia. Si por el contrario, seguimos votando por los mismos o por los hijos de ellos, van a seguir teniendo vigencia las palabras de quienes afirman que “la sociedad colombiana ha institucionalizado la forma del voto como un rasgo cultural o instrumento político para legitimar el principio de autoridad y conferir “poder legal a la clase dominante, la cual ha organizado sistemáticamente este proceder electoral a través de los cuerpos colegiados: Senado, Cámara, Asambleas y Concejos Municipales” 3 .

Para solucionar este problema se hace necesario que nos informemos acerca de la gestión y hoja de vida de quienes buscan la reelección y de quienes lo hacen por primera vez, ya que los costos de una mala decisión o la falta de trabajo de quienes resulten elegidos se verán reflejados en nuestra vida diaria. El descredito y la desconfianza que muchos ciudadanos tenemos frente a las instituciones públicas, la democracia representativa, la justicia, la fuerza pública, los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, no nos deben llevar a la trampa de la abstención, ya que esta no es un agente de cambio, lo mejor que podemos hacer es informarnos y apoyar a personas probas que estén en condición de ser guardianes del bien público. Fortalecer la confianza de la sociedad civil en las instituciones democráticas es una responsabilidad de todos y sin lugar a dudas el punto de partida es una participación política y social activa, honesta y responsable, ya que no podemos desconocer que en ocasiones algunas personas inician la degradación de la democracia votando por quien le brinde un beneficio material directo, tangible y de corto plazo, sin importar que todos tengamos que pagar su decisión en el largo plazo. 

Dentro del grupo de candidatos que aspiran a los cargos de elección popular habrá quienes se distancien de las legítimas estrategias de carácter electoral y aseguren que para contar con el respaldo de la población es necesario ofrecerle en campaña de alguna manera algún tipo de  TLC para asegurar su voto, es decir: Tamal, Lechona, y Cerveza; o, Teja, Ladrillo y Cemento. Por simpático que parezca, esta es una práctica que se puede presentar en los sectores populares, donde las condiciones de vida hacen que el voto de opinión languidezca y el correcto ejercicio de ciudadanía sucumba frente a un intercambio aparentemente provechoso en el corto plazo, haciendo del voto una mercancía transable.

Otra forma de vender nuestro voto y denigrar nuestra sociedad es votar por quienes prometen la construcción de un paraíso asistencialista e instrumentalizan como promesas de campaña la asignación de recursos del erario público para anular a los ciudadanos como personas capaces de desarrollarse personal, política, económica y profesionalmente para hacerse cargo de su vida y de sus seres queridos en el marco de un fortalecimiento de nuestra institucionalidad, de nuestra economía y nuestra cultura.

Quienes ofrecen este tipo de paraísos terrenales del menor esfuerzo, la división de clases y la discordia crean un círculo vicioso en el cual el ciudadano siempre va a depender de su gestión para satisfacer sus necesidades, creyendo que los programas de ayuda son ofrecidos por los políticos y no por nuestras instituciones, ignorando ingenuamente que lo único que hacen esos “nobles” políticos es capitalizarlos electoralmente, de esta manera no se fortalece el Estado sino unas estructuras de carácter clientelista y electoral que engrandecen a los enanos intelectuales, morales y políticos a quienes siempre tendrá que acudir el ciudadano, quien con su voto le da vida a estas estructuras tan dañinas para nuestra sociedad.

No podemos entregar nuestro voto a quienes con grandes discursos nos prometan una nación en la cual crezcan los subsidios y el asistencialismo mientras se empequeñece el individuo y con él, la ciudadanía; recordemos la siguiente reflexión del Presidente de la Organización Demócrata Cristiana de América, Jorge Ocejo Moreno: “El esfuerzo con logros fortalece el ánimo y la fe en cada persona. Los programas de apoyo alimentario y de subsidio, que son necesarios en forma subsidiaria pero no permanente, son indispensables para ayudar a los más desprotegidos a integrarse totalmente al trabajo y al desarrollo. Pero si no tienen esas características, van originando el deterioro al amor propio y de la propia dignidad”. Por esta razón, nuestro voto debe apoyar a quienes promuevan una cualificación y fortalecimiento institucional que generen las condiciones para la mejora de nuestra calidad de vida, pensando siempre en proyectos de largo plazo que permitan la consolidación de una gran nación para nosotros y las futuras generaciones, en la cual los logros sociales y políticos se institucionalicen y no se conviertan en el comodín político de quienes en beneficio propio degradan la democracia y quieren hacer de los logros sociales moneda corriente para obtener intereses, rendimientos o resultados electorales.

Es momento de seleccionar a los mejores para que nos representen y trabajen por nosotros, para ello es necesario que evaluemos partidos, candidatos, propuestas programáticas y conozcamos la mecánica electoral, entendiendo que nuestra participación no se agota en las urnas de votación y debemos hacer seguimiento a la gestión de quienes resulten electos en la contienda electoral, para respaldarlos cuando sea necesario y exigirles trabajo, coherencia, honestidad, gestión y resultados, no solo a los individuos, sino a los partidos, en el entendido de que “un partido político es un grupo de personas que comparten opiniones, principios y proyectos.” 4

No debemos apoyar a quienes haciendo uso de sus graneros electorales se muestran fuertes en las elecciones y consiguen los cargos de elección popular propuestos, pero después, en desarrollo de sus funciones brillan por su ausencia, falta de compromiso o por la inutilidad o impertinencia de sus propuestas. Hay personas que se pierden en las mieles de la función pública y durante su periodo de elección privilegian el Yo, olvidando las declamaciones y arengas en las cuales prometían luchar por el bien público de todos Nosotros. A estos políticos los podríamos llamar gigantes electorales discapacitados para la ocupación de lo público y el correcto ejercicio de sus funciones. Si conoce a alguno de ellos, recuerde que no debe votar por él, esos espacios deben estar ocupados por los mejores.

Frente a los desafíos que afrontamos como sociedad, lo último que podemos hacer es degradar nuestro voto y convertirlo en una mercancía transable. Antes de salir a votar, debemos preguntarnos ¿Qué sociedad queremos? No podemos olvidar que las decisiones de las personas que elegimos nos van a afectar de manera positiva o negativa a todos y cada uno de nosotros, durante un largo periodo de tiempo y en el caso de nuestra querida Bogotá, está en juego el bienestar de cerca de 8 millones de personas, en el centro de desarrollo económico, político, y social de nuestra nación, además de ser el epicentro de formación académica y cultural, el centro administrativo de Colombia, la principal ciudad receptora de turismo, el polo de progreso de nuestra nación en el cual los Bogotanos y miles de compatriotas buscan más y mejores oportunidades laborales y académicas para lograr una mejor calidad de vida y por sobre todo nuestro hogar y el de nuestros hijos.


1 Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 44.

2 Brenes Villalobos Luis Diego, “Pensamiento ciceroniano sobre el rol del ciudadano ‘Sobre los deberes’”, En: Revista Derecho Electoral, Nº 15, Julio-Diciembre, 2012, ISSN: 1659-2069, Pág. 51.

3 Ávila Abel, “Abstención y anticarisma en Colombia”, Ediciones Universidades Simón Bolívar, Primera Edición, 1980, Pág. 42.

4 Acosta Raúl, “Cada opinión cuenta. Votar implica decidir qué comunidad queremos todos”, ISBN: 978-968-6445-97-8, Petra Ediciones, México, 2010, Pág. 25.

 

 

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